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BOLETÍN # 4

çMigrantes, Francisco Pereira

La cuarta edición del boletín FRONTERRA viene acompañada de la mano de los Migrantes de Francisco Pereira. Las esculturas del artista y arquitecto caraqueño -quien muy gentilmente respondió a nuestra invitación de alojar sus piezas en esta suerte de sala de lectura- pudieran animar esa pregunta tan importante para el psicoanálisis: ¿Qué es el cuerpo hablante?

Para Lacan, el sujeto adora su cuerpo porque cree que lo tiene, y prueba de que no lo tiene, señalará él, “es que a cada rato levanta campamento” [1]. Pero en realidad, su cuerpo es su única consistencia. Entonces, relacionarse con el propio cuerpo tendrá algo de ajeno. Algo, pudiéramos decir, que sentimos extranjero y de lo cual no queremos saber nada cuando la migración nos coloca de bruces ante ese cuerpo extraño, que es nuestro propio goce. Tal como lo explica Clara María Holguín en su texto: Solo participan de la historia los deportados.

“¿Cómo ubicarnos en el horizonte de las migraciones?” Es ésta la pregunta que nos hace llegar Patricia Tagle desde Lima y que atraviesa de punta a punta su texto titulado: De Fronterras y Litorales.

Ronald Portillo nos aporta con su escrito Migraciones, una lectura ética frente al fenómeno cada vez más descarnado al que deben enfrentarse los inmigrantes: el racismo y la segregación.

Otro de los textos que podrán leer pertenece a Johnny Gavlovski: De la jaculación al estremecimiento del emigrante. Su interés por la obra del artista Chaim Soutine nos invita a acompañar al pintor en una fuga que le permitió resistir frente a la amenaza de la Gestapo; y conocer de qué manera logró encontrar por la vía del arte un saber hacer con la mortificación cuyo registro veremos en algunas de las imágenes de sus obras que acompañan el texto de Gavlovski.

Encontraremos, en la sección de entrevistas, las palabras del artista plástico Ricardo Benaim. Allí podremos leer  cómo fue gestada la creación de su obra Catenarias. Una obra que, en sus propias palabras, pertenece a la serie de lo que él llama sus utopías.

[1] Lacan, Jacques,  El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Bs. As., 2006, p. 64.

Solo participan de la historia los deportados

.por Clara María Holguín

La frontera colombo-venezolana ha sido y sigue siendo testigo de migraciones. Si hace no más de 30 años, fueron los colombianos, violentados por la guerra y el anhelo de un futuro económico, quienes buscaron refugio en el lado venezolano de la frontera; hoy, miles de compatriotas colombianos y del vecino país, afectados por el régimen totalitario, buscan ser acogidos de este lado. Ella nombra el  síntoma de nuestro malestar,  para poner en juego el exilio que habitamos como parlêtres y mostrar, como dice Lacan que, “la historia no es nada mas que una fuga, de la cual no se cuentan más que los éxodos” [1]. Éxodo de goce que es deportado y al cual nos enfrentamos,  porque mientras ese goce particular esté del otro lado, tamizado por la frontera, no es amenaza, una vez que ella se cruza, el riesgo es que eso Otro –extranjero- se aproxime mucho.

Es verdad que aún no llegamos a enfrentarnos a un desplazamiento de inmigrantes tan masivo como el que vive hoy Europa; sin embargo, no estamos lejos de ello. Al paso que vamos, muy pronto se superará el millón de venezolanos en nuestro suelo. Los números dejan suficientemente clara la magnitud de un desafío sin precedentes en la historia colombiana y no podemos llamarnos a engaños: todo indica que seguirá creciendo. Urge entonces interrogar, de modo ético, la manera cómo recibimos a todos aquellos que huyendo del horror, cruzan la frontera para volverse extranjeros.  ¿Cómo acogerlos?...

¿Cómo recibir lo extranjero sin horrorizarse? ¿Cómo alojar “eso” excluido y desplazado que pretende convertirse en parte de nuestras vidas, presentificando la aporía sobre la que nos constituimos como parlêtres, allí donde lo propio, eso que llamamos identidad, sea esta individual y/o del Estado o nación,  es al mismo tiempo, lo  ajeno o exiliado propiamente dicho? La migración y el exilio nos colocan frente a ese cuerpo extraño que es nuestro goce, del que no queremos saber nada.

                                                                                          

Res/Dual, Daniel Medina

Es mi interés, en esta nota, pensar la perspectiva de la migración del lado de quien recibe a lo extranjero, para mostrar el riesgo de que esta “acogida” sea pensada en términos de ley y en el marco de lo políticamente correcto, pero también evocar la alternativa que nos ofrece el psicoanálisis como orientación.  

 

Es sabido que toda ley implica el “para todos”. El universal apunta al Uno identitario, el todos iguales, que no es otra cosa que hacer que lo extranjero comparta nuestra identidad, se vuelva  idéntico a “nosotros mismos”, rechazando la diferencia. Si a ello agregamos la tendencia contemporánea de hacer de la ficción universal un real, al modo del “no hay ninguno que no”, donde nadie escapa a la ley, nos enfrentamos a lo absoluto que exige que se entregue la extranjeridad, hasta llegar incluso a desconocer el marco legal de los derechos mínimos de acogida del otro.

 

Otra perspectiva es la que nos ofrece la orientación analítica, desde donde es posible pensar una acción por fuera de la ley universal, para orientarse por la brújula de lo real. Al contrario de rechazar y no querer saber de lo extranjero porque nos enfrenta a ese goce que nos constituye y divide, se trata de estar advertido de ello, para acoger la diferencia, consintiendo a la imposibilidad de pretender la identidad. No se trata solo de tolerar que, como señala Miller, es nuestro modo actual de silenciar y hacer dormir, sino de posibilitar un tratamiento de eso que migra desde lo singular.  Ir contra el todo e introducir el “no-todo”, que no es el “al menos uno de la excepción”.

 

Más que hacer que una frontera sea un límite, se deberá apuntar a que ella se torne un borde donde el síntoma pueda aparecer. Si bien lo extranjero es siempre del orden de lo real, inexplicable y fuera de sentido, es posible nombrarlo para darle un uso, que no lo haga intrusivo. Abogo pues por una política que desde la ética permita la “hospitalidad”, es decir, hacer del extranjero un “huésped” que viene a participar de nuestra modo de vida y no de nuestra identidad, para desde allí, hacer con ellos la historia.

Bienvenidos amigos y colegas venezolanos, “solo participan de la historia los deportados”. [2]

 

Referencias bibliográficas

 

[1] Lacan, Jacques, Joyce el síntoma, 1975. En Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 595.

 

[2 ] Ibíd., p. 595

De Fronterras y Litorales

por Patricia Tagle

¿Quién soy yo, para hablar de migraciones, si supuestamente no he emigrado nunca?

 

Apenas entonces atino a articular dos recuerdos:

 

El primero, cuando pequeña y mi tía, “LA Novia”, migró a Venezuela.

Desde entonces el significante Venezuela se inscribió para mí en la serie de mis tempranas pérdidas, y duelos; y, a la par, en el horizonte de mis ilusiones, en tanto LA novia sería la mujer que sabría del amor.

 

El segundo, como al paso, curiosamente atravesando una avenida, llevando a mi púber hija de la mano rumbo a comprar en la papelería del barrio una “lámina” para su tarea del colegio. El diálogo fue más  o  menos este:

 

HIJA: “Cuando termine el colegio  me gustaría ir a  estudiar a London, sic.

MADRE: “Me encantaría”

HIJA: “¿Y si me gusta tanto que me quiero quedar”? “¿Y los dejo?”

MADRE: “Hija linda” –le dije- “tú has nacido para ser ciudadana del mundo.”

Imago Mundi de Babilonia

Se trata, entonces, de dos inscripciones, y dos registros distintos de la pérdida;  en el medio, un movimiento subjetivo que apenas se dibujaba en mí,  operado por mi trabajo de análisis.

 

La hija del relato no se fue a estudiar a London, pero la despedí “sin anestesia”, y sin dolor, cuando de pronto decidió separarse, viajar a Otra ciudad, y hacer su vida. Supe entonces, que ya no regresaría, aunque retorne; en tanto algo se había franqueado, una Fronterra que no es como las otras.

 

Migrar, como vivir, es una “elección forzada”, siempre. Aunque se crea que no, aunque permanezcamos en la fantasía de vivir siempre en el mismo lugar y con la misma gente. O su reverso; el no estar nunca en el mismo lugar ni con la misma gente. El “quid”, entonces, no es el “dónde”, sino el “cómo”.

 

En el empalme indescifrable de nuestras historias, de nuestros destinos, de nuestros cuerpos, del asidero de nuestro deseo, nuestras marcas, y la vida ¿cómo ubicarnos en el horizonte de las migraciones?

 

Después de todo “habitar” es una virtud, un acto de coraje.

 

“Alguna vez escribiré con piedras…” dijo el poeta[i], -el de ustedes, el mío, el de todos…

 

“Con piedra viva escribiré mi canto

en arcos, puentes, dólmenes, columnas,

frente a la soledad del horizonte,

como un mapa que se abra ante los ojos

de los viajeros que no regresan nunca.”

 

[i] Eugenio Montejo; Escritura

Migraciones

.por Ronald Portillo

Una pregunta que surge al presenciar el éxodo, sobre todo de jóvenes, que estremece  actualmente a Venezuela, apunta a las razones que subyacen en esta suerte de estampida  social.  

 

¿Qué se busca en la migración? ¿Se trata de optar por la vida frente a la certeza de una muerte segura, sea corporal o subjetiva? ¿Decidir por una vida distinta, sobre todo para la descendencia? ¿Huir de un futuro que se avizora lleno de angustia y dificultades? ¿Conseguir una mejor remuneración por el oficio que se sabe hacer?

 

En cualquiera de estas razones está presente, por un lado, la esperanza o la expectativa de  tener una  ganancia y, por el otro, una perdida. Se aspira ganar, mejorar, pero a costa de  dejar, de perder algo. Las personas que emigran dejan una parte de su ser, de su  identidad, de su círculo familiar y de amigos, su patria y hasta su propia historia. El exilio no es otra cosa que dejar todo esto. Se sabe lo que se pierde pero lo que se puede lograr permanece en el registro de lo incierto.

Aparentemente, en la migración se busca otra cosa, otra vida, otro futuro, otro horizonte;  se busca al Otro, pero esta búsqueda siempre resultará un encuentro fallido. En el fondo,  en el exilio, se buscará eso de Uno que se ha perdido. La búsqueda por tanto no será tanto  del Otro sino del Uno.                                                                                                                

                                                                                                                                                                                                     

A la búsqueda del Otro, que encubre la del Uno, se suma para el migrante el rechazo que  indefectiblemente va a encontrar en el país al que arriba. Se instala progresivamente  en  buena parte de los ciudadanos de cualquier país que recibe exiliados, la consabida  expresión de la xenofobia, de hostilidad y odio al extranjero. La xenofobia presenta una similitud estructural con el síntoma: un cuerpo extraño,  extranjero, que es rechazado  por quien lo alberga. La xenofobia es, componente nuclear  del racismo y la segregación, que en muchas ocasiones llegan a expresarse bajo la forma  de un odio visceral, una de las pasiones del ser que puede llegar a hacerse colectiva. 

Rituales, Catalina Swinbum

Lacan nos devela claramente el origen del racismo y la segregación: lo insoportable del  goce del Otro. Frente al migrante se genera el rechazo a lo que pueda disfrutar, gozar. El ciudadano natural de un país rechaza el goce del Otro porque está convencido de que el  Otro, el migrante, viene a robarle, a sustraerle buena parte de su propio disfrute.  El goce del Otro del exilio es vivido como lo que viene a poner en jaque el modo de vida,  los servicios públicos, el bienestar, en una palabra: su propio goce. En última instancia, cuando se rechaza al extranjero migrante, se está rechazando al extranjero que habita en nosotros mismos. Son dos las formas esenciales de presentación de lo extranjero, lo extraño, en un sujeto: el inconsciente y el goce pulsional, respectivas dimensiones del Otro y del Uno. De la forma como cada quien, a título personal, tramite esas dos instancias, va a depender la acogida que cada sujeto pueda brindar al migrante, al extranjero que llega. Mención especial para aquellos que se vivencian como exiliados, como extranjeros, en su propio país.

De la jaculación al estremecimiento del emigrante

por Johnny Gavlovski

“Que son sujet soit de chair vive ou morte, Soutine fait montre d’une incroyable persévérance pour le repérer, le traquer, s’en emparer, le placer face à lui. […]”

                                                                                                                      Michel Ellenberger

La miseria y la exclusión fueron los significantes que marcaron la vida del pintor Chaim Soutine. Nacido en Bielorusia, decimo hijo de once, en una familia judía ortodoxa que consideraba pecado la pasión de su hijo. Habitante de esa tierra de nadie que eran los shtetl, asentamientos permitidos a los judíos, Soutine decide buscar su vida, lejos de progroms y hambre, emigrando a la tierra prometida: París, prácticamente viajando a pie.

Su obra destaca por lo estremecido de sus figuras, sus bordes temblorosos, sus líneas que se disuelven sin pretensión de belleza. Hay una realidad que nos agita, cargada de angustia, que apunta al encuentro con el trauma, tal como Freud lo  señaló en “Inhibición, síntoma y angustia” (1932), al destacar el peso en esto de la pérdida del objeto amado, la marca del desamparo inicial, el miedo a la cólera del superyó y a la consecuente amenaza de castración.

Pintor del hambre y la exclusión, será el eterno fugitivo atrapado entre dos guerras mundiales. La carne viva que no cesa de pintar será la profecía autocumplida de su destino al morir desangrado en un quirófano.

                                                                                                                          

Chaïm Soutine

Carcasse de bœuf, vers 1925.

Huile sur toile, 156,21 x 122,55 cm (avec cadre)

Albright-Knox Art Gallery, Buffalo (New York)

                                  Chaim Soutine

                            Tête d'une femme

    Centre Pompidou, Paris

Su obra es el reflejo de la angustia realista que contrapusiera Freud (1917) a la angustia neurótica, esa racional que lo lleva a huir del peligro, y que, cual crisol golpeado de goce, mutará entre esos  tres tipos de afectos freudianos: angustia, miedo y terror. Entonces, cual “El Grito” de Munch, sus personajes mostraran la pérdida de cada límite, la destrucción del lazo social y la caída de los semblantes a partir del pánico que su autor vive, tal como lo destacara Lacan.

Pero hay algo más: el efecto de estremecimiento. Ese que desde  Th. W. Adorno remite a la señal de angustia de Freud, ese que apunta al sujeto tocado por el Otro, y que en consecuencia resiste a la cosificación del sujeto.  Sujeto consciente de si, sujeto paria, sujeto estremecido, el emigrante.

Ese “toque” del Otro en el artista puede tener un parangón con el efecto de interpretación que Lacan señala (1975) y que lo diferencia de la palabra. “La interpretación analítica […] actúa de una manera que va mucho más lejos que la palabra. La palabra es un objeto de elaboración para el analizante” Así significante dicho o plasmado en el lienzo tienen un efecto de elaboración. Sin embargo, en tanto el efecto de interpretación como el de estremecimiento en Soutine apuntan a dilucidar, al decir de Lacan “¿cuál puede ser lo real de un efecto de sentido”.  El impacto de lo real sobre el anudamiento simbólico/imaginario en el acontecimiento del cuerpo/arte de Soutine.

Este toque estremecedor que impide la cosificación del sujeto/artista podría vincularse con el uso que da Lacan al término jaculatoria, algo que “no tiene sentido sino desde el punto de una larga preparación subjetiva”. Es ese agujero del cual Lacan ya nos viene hablando, a propósito de la sublimación en el Seminario VII, y que, desde su última enseñanza, podemos comprender desde “el lazo de la producción del vacío subjetivo y de la jaculatoria (…) que incluye el valor del ardor, o del entusiasmo, pero es para designar un uso del significante como despertador en el sentido de producir el vacío de significación”.

Así, en Soutine, hay un punto donde el significante pictórico se diluye, se desdice, efecto de la experiencia de habitar el no-lugar de los bosques, huyendo de la Gestapo.

Chaim Soutine

Arbres à Céret

Centre Pompidou, Paris

Livia Marín

Nomad patterns I, 2015

Ceramic, resin, paint, transfer-print, glaze

2 3/5 × 9 4/5 × 6 3/10 in

6.5 × 25 × 16 cm

El vacío de significación generado por el estremecimiento deviene en la creación de un significante nuevo, despertando ante una nueva forma de inventar el paisaje que habita. “Cuando se llama a un significante nuevo, se trata, de hecho, de un significante que podría tener otro uso…”- dirá Miller - “un significante nuevo (que) desencadenaría un despertar”.

Desencadenamiento como ruptura de cadena significante. Estremecimiento por efecto de sentido real, que rompe la cadena… Ese que aparece desde “el valor del ardor” de la jaculatoria y que se hace estremecimiento en el arte.

Patrón nómada fue llamado 72 años después de la muerte de Soutine.

Referencias bibliográficas

Michel Ellenberger. September 2010.  L'art flamboyant de Chaïm l'extasié. Disponible en www.exporevue.com

Freud Sigmund. La angustia. Obras Completas, Tomo XVI.  Amorrortu edits Buenos  Aires, I916–17.

Lacan, Jacques. Sesión del 11 de febrero de 1975. Seminario XXII. Texto establecido por Jacques-Alain Miller. Ornicar?, no 4, p. 95-96.

Laurent, Eric. 2018. [En línea]. Disrupción del goce en las locuras bajo trasnferencia. Disponible en https://psicoanalisislacaniano.com/disrupcion-del-goce-en-las-locuras-bajo-transferencia/

Miller, Jacques-Alain. El ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2007.

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